Desde el punto de vista de la salud, la "función" abarca cuatro dimensiones del individuo: la física, la mental, la emocional y la social. Sin embargo, cuando se utiliza el término "funcional", éste hace referencia a la identificación del grado de dependencia que alcanza un individuo en las actividades de la vida diaria.
La valoración del rendimiento funcional del paciente con déficit cognitivos tiene especial importancia en el estudio de las demencias, puesto que uno de los criterios diagnósticos de este síndrome es que la alteración cognitiva repercuta en la capacidad del enfermo para desarrollar sus actividades habituales. El deterioro cognitivo tiene una influencia directa sobre estas capacidades funcionales de forma que, en la fase inicial de la demencia, las actividades que primero se ven afectadas son las más complejas, es decir, las que permiten relacionarse con el entorno social, y no es hasta las etapas más avanzadas de la enfermedad cuando la persona deja de realizar las actividades más primarias para mantener su independencia y autonomía, siendo necesaria otra persona para su autogobierno, autocuidado y movilidad.
El declive del rendimiento funcional se manifiesta por la alteración de las actividades de la vida diaria (AVD). El estudio del funcionamiento en la vida diaria permite obtener información referente a aspectos moduladores y de pronóstico de la evolución de la enfermedad y del bienestar de los enfermos, así como determinar el deterioro psíquico y físico, y la prescripción de recursos y servicios sociosanitarios a la medida de sus necesidades. Por otra parte, la alteración funcional es un índice fiable para la predicción de la mortalidad y el riesgo de institucionalización.
Las escalas que permiten valorar el grado funcional del paciente demente deberían tener en cuenta características como la pluripatología, la cronicidad, la incapacitación y la dependencia en relación al propio enfermo, a su entorno familiar y al entorno físico.
Diversos instrumentos o escalas permiten la valoración funcional de los sujetos con demencia. Los datos que se recogen en estas escalas se basan o bien en la observación directa del sujeto en su medio habitual, o bien en la información que nos proporcionan los familiares o cuidadores principales. Sin embargo, muchos de estos instrumentos han sido diseñados para valorar el estado funcional de ancianos con enfermedades físicas y crónicas que les impiden realizar determinadas tareas de la vida diaria, o con ancianos institucionalizados; por tanto, los resultados obtenidos de la valoración de personas dementes mediante estas escalas podrían estar sesgados.
La evaluación funcional en las diferentes edades es la resultante de la interacción de los elementos biológicos, psicológicos y sociales, constituye probablemente el reflejo más fiel de la integridad del individuo a lo largo del proceso de envejecimiento. La valoración geriátrica integral (VGI) o valoración geriátrica exhaustiva es «un proceso diagnóstico multidimensional e interdisciplinario», diseñado para identificar y cuantificar los problemas físicos, funcionales, psíquicos y sociales que pueda presentar el anciano, con el objeto de desarrollar un plan de tratamiento y seguimiento de dichos problemas, así como la óptima utilización de recursos para afrontarlos.
Los principales factores de riesgo de fragilidad serían un compendio de los problemas derivados de alteraciones del equilibrio y marcha por múltiples discapacidades (sistemas sensoriales, respuesta muscular, equilibrio), enfermedades agudas o crónicas (conocidas o no), factores de riesgo en cuanto a abusos (estilos de vida, factores sociales, factores económicos), factores de riesgo en cuanto a desuso (inactividad, inmovilidad, déficits nutricionales). El instrumento fundamental para la valoración de la fragilidad del anciano es la VGI y se deberá efectuar en todos los niveles asistenciales, tanto en pacientes ingresados como en la comunidad.
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